viernes, 13 de abril de 2012

1924-EL HOMBRE QUE DOMINÓ EL TIEMPO - Ray Cummings


Ray Cummings, ya hablamos de él en una entrada anterior, fue uno de los fundadores de la CF más populista, manteniéndose siempre en un precario equilibrio entre el romance planetario y la space opera y destinado a no desempeñar más que un papel secundario en la historia del género. Comenzó su relación con la CF tras disfrutar de una etapa de su vida digna de figurar en sus propios relatos ya que incluyó estancias en plantaciones de naranjos en Puerto Rico, extracción de petróleo en Wyoming, búsqueda de oro en la Columbia Británica canadiense y transporte fluvial de madera en Alaska. Desconozco cómo, con esos antecedentes, llegó a ser ayudante de Thomas Alva Edison durante cinco años, pero así fue. De ahí pasó a desarrollar su carrera como prolífico autor: firmó 750 historias, aunque sólo unas 150 son ciencia-ficción, entre ellas, "La Chica del Átomo Dorado", "La Princesa del Átomo", "Tarrano el Conquistador", "En la Cuarta Dimensión" y la que ahora comentamos, "El Hombre que dominó el Tiempo", serializada en cinco partes en julio de 1919 en la revista Argosy (la fecha del encabezamiento corresponde a su edición en libro).

La historia comienza con el relato que el protagonista, Loto, hace a sus amigos de los experimentos que él y su padre habían realizado, obteniendo accidentalmente un rayo que podía "atravesar" el tiempo. Gracias a éste pudieron ver un lejano futuro invadido por una edad glacial. En esa abertura temporal contemplan una figura montada en trineo tirado por criaturas perrunas tan grandes como caballos que se detiene frente a un edificio en cuyo interior se vislumbra una hermosa mujer, obviamente una esclava o prisionera. Instantáneamente enamorado, el protagonista decide rescatarla. Tras dos años de investigaciones, consigue finalmente perfeccionar la máquina del tiempo dándole forma de aeroplano, se monta en ella y desaparece.

Veintiocho horas más tarde regresa. Ha viajado cuarenta y cinco mil años al futuro, contemplando el crecimiento y muerte de Nueva York, una invasión y ocupación alienígena que duró miles de años, la transformación geológica del planeta, la llegada de una nueva glaciación, el éxodo de extraterrestres y la mayor parte de la especie humana y el sol reducido a una pequeña esfera roja. Dándose cuenta de que había ido demasiado lejos en el tiempo, retrocede diecisiete siglos hasta encontrar el edificio y la chica que había visto dos años antes. Lo que sigue es la típica historia pulp en la que el arrojado héroe va al rescate de la bella, exótica e indefensa "nativa" (en este caso su nombre es Azeela, hija de un importante científico), enfrentándose por el camino a amenazas como el brutal Toroh y su ejército de bárbaros. Loto y Azeela escapan y se reúnen con la gente de ésta. El protagonista regresa a su tiempo para reaprovisionarse y avisar a su familia de que si no está de vuelta en treinta días lo vayan a buscar, dejando instrucciones precisas al respecto. Y así ocurre: el padre de Loto y uno de sus amigos emprenden viaje al futuro, hallando al sujeto de sus desvelos sano y salvo si bien la situación general es de guerra civil entre diferentes facciones.

En fin, si alguien se animó a hacerse con "La Chica del Átomo Dorado" tras leer mi reseña en este
mismo blog, se habrá dado cuenta de que la historia es exactamente la misma (y prima hermana de las sagas escritas por Edgar Rice Burroughs). La única diferencia es que ahora la acción transcurre en el futuro en lugar de en un mundo microscópico. Por lo demás, son perfectamente intercambiables. Y ese fue siempre el problema de Cummings. Aunque sus obras se publicaron fuera de Estados Unidos en lugares como Japón, España o Francia, Cummings nunca recibió el reconocimiento que disfrutaron otros escritores especializados en space opera porque, aunque innovador en sus comienzos, nunca evolucionó o creció como autor. Puede que introdujera en el género el uso de la terminología naval aplicada a naves o viajes espaciales y que tan familiar nos resulta ahora, pero si escoges una cualquiera de las obras de su bibliografía, resulta difícil identificar el año en que se escribió. La aburrida similitud de todas ellas desanima al aficionado. Uno de sus temas preferidos, por ejemplo la disminución de tamaño inducida químicamente, puede parecer original cuando la encontramos en el primer libro, pero al décimo el lector ya ha perdido totalmente su interés y su capacidad de asombro. Muchos de los escritores de la época pulp se auparon sobre las ideas de Cummings alcanzando nuevas cotas y labrando su propia fama, mientras que quien les sirvió de inspiración nunca logró superar las convenciones propias de la space opera más básica.

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