viernes, 15 de febrero de 2013

1934-LOS HOMBRES DE LA LENTE- E.E.Smith (1)


 


El optimismo inocentón de la ciencia ficción impulsada por Hugo Gernsack en sus publicaciones nos puede parecer hoy irrisorio, pero en su momento fue el intento más serio de extrapolación científica que se podía encontrar en el ámbito editorial norteamericano. No estaba escrita sólo para entretener, sino para instruir, lo que la diferenciaba de muchos otros relatos de la época, que tendían a relegar la ciencia a un segundo plano.

El tipo de ficción publicado por Hugo Gernsback en sus revistas estaba muy relacionado con la ciencia popular y la ficción basada en recetas trilladas. La caracterización era mínima y los argumentos a menudo eran poco más que westerns, historias de detectives o aventuras en mundos perdidos levemente maquillados. Varios fueron los autores que ayudaron a traducir estas viejas fórmulas a lo que hoy conocemos como “space opera”.

Es importante distinguir entre la “space opera” y el “romance planetario”. La primera es la derivada inmediata de la expansión colonial de las potencias occidentales. Proviene tanto de las tradiciones de relatos “de la frontera” como de marinería, en los que el foco de la narración era el inevitable viaje que debían afrontar las sociedades dominantes para imponer su cultura sobre aquellas que encontraban en lugares lejanos, ya fuera mediante caravanas de colonos o flotas de invasión/pacificación.

En la space opera, el cohete, la nave espacial, se convierte en la herramienta mediante la cual la Humanidad trasciende la atmósfera terrestre y los derechos de los nativos que encuentra más allá. El espacio se convierte en un inmenso campo de batalla sobre el que evolucionan flotas estelares y ejércitos enzarzados en conflictos de escala espacial y temporal apenas abarcables.

Todo esto contrasta con el romance planetario, cuya raíz se puede encontrar en las historias de “Mundos Perdidos y que se centra menos en el viaje que en el planeta descubierto y sus correspondientes habitantes alienígenas. Sus intentos para subyugar a la población local son menos estridentes y se hacen más esfuerzos por construir personajes sólidos en lugar de reducirlos a meros peones de un gran conflicto.

Aunque inicialmente Gernsback estaba interesado en la capacidad didáctica del género, acabó
aceptando las historias de space opera de Smith, no sólo porque demostraron su capacidad para atraer lectores, sino porque su escasa e inconsistente base científica quedaba hasta cierto punto compensada por el tono reverencial que adoptaban hacia la tecnología y la experimentación.

Así, por pura necesidad, la definición de lo que era un relato de ciencia ficción podía estirarse lo suficiente como para abarcar a un escritor de terror siempre y cuando fuera tan popular como, por ejemplo, H.P.Lovecraft. Muchos de los autores que alimentaban con sus historias las revistas pulp no eran en absoluto especialistas en rama alguna de la ciencia, sino profesionales de la pluma capaces de adaptarse a un mercado cambiante: escribían la misma historia, cambiando personajes, tono y detalles según fuera ésta destinada a una publicación especializada en westerns, relatos detectivescos o aventuras exóticas.

Quizá el más recordado y diestro de todos los pioneros de la Space Opera fuera Edward E.Smith. Este químico alimentario no sólo inventó la forma de adherir una capa de azúcar a la superficie de los donuts, sino que también escribió algunas de las mejores y más populares space operas de los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. De hecho, desde su publicación en libro, rara vez han estado descatalogadas, acumulando edición tras edición.

A finales de la década de los veinte Smith ya había reunido un buen número de fans gracias a su saga de “La Alondra del Espacio”, serializada en “Amazing Stories”. Una aventura típica de Smith incluía alguno de sus héroes intercambiables interceptando a una nave en apuros, derrotando en solitario a una banda de piratas, haciendo amistad con un alienígena de aspecto grotesco pero carácter noble y rescatando a una hermosa mujer.

Aunque a finales de la década de los treinta la ciencia ficción ya daba muestras de estar
transformándose hacia un género más adulto y riguroso desde el punto de vista científico, Smith seguía seduciendo a los lectores gracias a aquello que le hizo destacar por encima de sus imitadores: su capacidad para, episodio tras episodio, suscitar un sentimiento de inmensidad. La serie de “El Hombre de la Lente”, por ejemplo, comenzaba con un conflicto local en la Tierra y terminaba describiendo un universo dividido entre dos fuerzas cuasidivinas que encarnaban el Bien y el Mal (efecto creciente que se perdió en parte cuando el primer volumen de la saga, “Triplanetario”, fue reeditado en volumen añadiendo una introducción del propio Smith desvelando la lucha entre los Arisianos y Edorianos, algo que en la publicación serializada solo se descubrió con la última entrega, años después de comenzar a editarse).

En cada nuevo episodio, los héroes adquieren una tecnología más poderosa y más capacidades sobrehumanas que les permitan permanecer a la altura de unos villanos cada vez más perversos. Muchos de los trucos narrativos desarrollados por Smith siguen utilizándose en las películas y series de televisión contemporáneas.

La saga de “El Hombre de la Lente” arrancaba en “Triplanetario” (serializado en 1934 pero editado en libro en 1948) y se prolongó –fechas de publicación en revista y volumen respectivamente- en “Patrulla Galáctica”(1937-38,1950), “Hombres Grises de la Lente” (1939-40, 1951), “Second-Stage Lensman” (1941-42, 1953), “Children of the Lens” (1947-48, 1954) y “The Vortex Blaster” (1960). Una novela más tardía, “Primer Hombre de la Lente”(1950), se encuadra cronológicamente entre el primer y segundo libro de la serie.

“Triplanetario” se serializó en “Amazing Stories”, pero el resto de las entregas vieron la luz en la “Astounding Science Fiction” de John W.Campbell. Resulta significativo que a pesar de que las historias de Smith eran diametralmente opuestas al tipo de ciencia-ficción impulsada por Campbell desde su puesto de editor de la más influyente revista del momento, a éste no le quedó más remedio que continuar incluyendo en sus páginas aquel material. Y es que el tirón popular de Smith era tal que en no poca medida se le podía considerar uno de los pilares de la publicación.

Sin embargo, y aunque Smith seguiría escribiendo varios años más, “Children of the Lens”
(serializada entre noviembre y febrero de 1948) fue la última historia de la saga en encontrar cabida en la revista de Cambpell. Se iba imponiendo el modelo galáctico propuesto por Asimov mientras que el de Smith iba quedando marginado. En las ficciones espaciales de los cincuenta y sesenta los exploradores se encontrarían de vez en cuando criaturas alienígenas en lugares lejanos e incluso las convertirían en socios comerciales, pero cada vez con más frecuencia, especialmente en las narraciones largas, el Hombre viajaba a todo lo largo y ancho del universo sin encontrar otra cosa que congéneres suyos.

Básicamente la saga de los Hombres de la Lente contaba la historia de Kim Kinnison, un humano que aprende a controlar el poder de la Lente, artefacto lenticular montado sobre un brazalete que amplifica la capacidad física y psíquica de su portador. Kinnison aprende que está destinado a jugar un papel en un conflicto interestelar de colosales proporciones y en cuyos extremos se hallan dos razas enfrentadas desde hace millones de años, los nobles y benevolentes Arisianos y los malvados Edorianos, cuyo objetivo es la conquista del Universo.

Estos últimos han sido los causantes de innumerables catástrofes en la Tierra, pero los Arisianos ven a la Humanidad como una herramienta con la que combatir a los primeros. Así, hace más de dos mil millones de años, establecieron en nuestro planeta un programa eugenésico que, con el tiempo, produciría una raza de superhombres dotados de poderes psiónicos capaces de enfrentarse y derrotar a los violentos Edorianos. Sin embargo, los hijos de ese programa de “cría” deben descubrir por sí mismos la verdad que se oculta tras su origen y decidir si quieren participar en la lucha por la justicia universal. Si es así, reciben la Lente, un cristal que permite manejar los poderes telepáticos latentes. Kim Kinnison nunca llega a averiguar la amplitud y profundidad a la que se extiende el conflicto y serán sus hijos los que en sucesivas entregas de la saga acabarán descubriendo sus últimos secretos.

Con cada nuevo capítulo de la saga, Smith revelaba que las diferentes especies y organizaciones de
las novelas anteriores eran, de hecho, piezas en un rompecabezas mucho mayor. La Flota Negra a la que se enfrentan los Hombres de la Lente, resulta ser un aspecto de los Boskone, una conspiración diabólica de dimensiones galácticas. Más adelante se nos dice que tras los Boskone se esconde el malvado Imperio Thrale-Onloniano aunque la fuente final del mal en la Galaxia, el corazón de la conspiración, resulta ser una especie alienígena secreta proveniente del planeta Edore, a los que se enfrentan los ya mencionados Arisianos.

Aunque los libros de El Hombre de la Lente tienen una prosa pobre y un tono adolescente, se ha convertido en una rutina para los críticos de hoy –incluso los que en su juventud leyeron con entusiasmo los libros de Smith- criticar de forma demoledora sus novelas. Pero, como sucede a menudo en las obras de este periodo de la ciencia-ficción norteamericana, las cosas no son tan sencillas.

(Continúa en la siguiente entrada)

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