jueves, 27 de julio de 2017

2011- IN TIME – Andrew Niccol


Andrew Niccol es un director y guionista neocelandés cuyo trabajo inteligente y elegante le ha hecho merecedor de que los amantes de la CF sigan su obra de cerca. Niccol se dio a conocer con dos magníficas distopias: “Gattaca” (1997) y el guión de “El Show de Truman” (1998), que lo situaron como realizador de enorme potencial. Esas esperanzas fueron hasta cierto punto frustradas por su siguiente título, también de CF, “S1m0ne” (2002), sobre una actriz virtual. Tampoco dio en el clavo con el guión de “La Terminal” (2004), uno de los films más flojos de Spielberg. Sin embargo, demostró seguir en plena forma con “El Señor de la Guerra” (2005), un film muy corrosivo acerca del mundo del tráfico de armas. Bastantes años después, Niccol reaparece con este “In Time”, en el que vuelve a compaginar labores de guionista y director.



En el futuro, todo el mundo ha sido diseñado genéticamente para vivir sólo hasta los 25 años. Al llegar a ese punto, se activa una cuenta atrás biológica de un año, al término de la cual sus cuerpos mueren súbitamente a menos que puedan permitirse pagar por más tiempo de vida. Como resultado, el tiempo se ha convertido en una moneda de cambio a todos los efectos: los salarios se pagan en horas, los productos de consumo y servicios se compran en minutos y el saldo restante de cada persona queda reflejado en un contador luminiscente y subcutáneo en sus brazos.

En esta sociedad, los ricos lo son en términos de tiempo y, por tanto, pueden vivir eternamente manteniendo un perpetuo aspecto juvenil de 25 años. La otra cara de la moneda son aquellos que luchan por sobrevivir día a día y que quedan confinados en guetos (conocidos como “zonas temporales”) de los que solo pueden salir –o ascender en la escala social- abonando una cantidad de tiempo del que jamás dispondrán. Will Salas (Justin Timberlake) es uno de ellos. Comienza cada día con menos de 24 horas de vida y tiene que trabajar duro para ganar suficiente tiempo para él y su madre, Rachel (Olivia Wilde) antes de que termine la jornada o ambos morirán. Sin embargo, está resignado a esa existencia y a diferencia de su rebelde y ya fallecido padre, se conforma con ir tirando.

Una noche, Will conoce en un bar de Dayton a Henry Hamilton (Matt Bomer), un hombre que proviene de New Greenwich, una zona temporal de la élite, y cuyo brazo muestra un saldo de
más de un siglo. Hamilton ha perdido las ganas de vivir y ha caído en la apatía y el comportamiento autodestructivo. Will interviene para protegerle de unos gangsters locales que pretenden robarle su tiempo y lo esconde en un lugar seguro. Pero a la mañana siguiente, cuando Will despierta, se da cuenta que Hamilton, considerándolo a él más digno de disfrutarlo, le ha traspasado desinteresadamente todo su tiempo (algo que se puede hacer por contacto físico de ambos brazos), lo que equivale de facto a su suicidio.

Pero todo ese tiempo no le permite a Will salvar a su madre cuando su cuenta atrás llega al final. Jurando venganza, Will sale de Dayton y accede a la zona temporal de New Greenwich, donde tras algunas vacilaciones adopta el estilo de vida de los adinerados, ganándole al poker
más de mil años al potentado Philippe Weis (Vincent Kartheiser). Conoce entonces a la hija de éste, Sylvia (Amanda Seyfried), una atractiva joven que simboliza perfectamente la indolencia de una existencia prácticamente eterna pero sin desafíos ni riesgos. Inmediatamente, ambos sienten una atracción mutua, pero Will es arrestado por Raymond Leon (Cillian Murphy), un guardián del tiempo (el equivalente a un inspector de la policía en esa sociedad) que está investigando la muerte de Hamilton y cuyo empeño obsesivo es mantener el estatus quo. Will, ya sin tiempo, escapa y vuelve a Dayton utilizando a Sylvia como rehén. Al principio pelean y roban sólo los minutos necesarios para mantenerse con vida, pero entonces se les ocurre la idea de saquear la riqueza acumulada por el padre de Sylvia y distribuirla entre los pobres.

Con esta película, Andrew Niccol vuelve a transitar por el mismo territorio que “Gattaca”. En ambos films concibe sus respectivas sociedades futuristas alrededor de una idea equivalente: e
n “Gattaca”, la segregación social según criterios genéticos; en “In Time”, dicha discriminación se basa en la riqueza medida en términos de tiempo de vida. Una vez establecidas esas bases, explora las posibilidades conceptuales del sistema social en cuestión, cómo funciona, qué vicios y debilidades tiene y las formas que la gente encuentra para burlar sus reglas. Lo que destaca en estos films de Niccol es la belleza inherente a la lógica extrapolación de esas ideas nucleares. Compárense “Gattaca” o “In Time” con otros films distópicos como “Aeon Flux” (2005), “La Isla” (2005) o “Repo Men” (2010). A diferencia de estos últimos, Niccol no pone el énfasis en los efectos especiales o los decorados muy elaborados.

Hay quien ha interpretado esta elección como pobreza de medios económicos o pereza creativa. No creo que sea el caso. No es que Niccol descuide el aspecto visual, todo lo contrario, sino que no lo convierte en un despliegue exhibicionista que ensombrezca total o parcialmente la
narración. En los films de Niccols, la tecnología ocupa una segunda línea y el diseño no se extiende más allá de ciertos efectos de iluminación y sonido o la inclusión de coches clásicos modificados, algo que, además, encuentra una justificación argumental: dado que los ricos tienen asegurada su preeminencia, no existen incentivos para arriesgarse ni innovar, por lo que la tecnología se ha estancado y se siguen utilizando aparatos que probablemente datan de más de cien años atrás. Ese estancamiento, paralelo al biológico, se pone de manifiesto también en la homogeneización arquitectónica y urbanística. El interés de las películas de Niccol radica enteramente en la idea propuesta y su posterior desarrollo. Un simple ejemplo lo encontramos en el mismo arranque de la historia, cuando Will se levanta de la cama por la mañana, va a la cocina y saluda a su, a priori, imposiblemente juvenil madre: “Buenos días, mamá…Feliz cincuenta cumpleaños”. Es un momento breve, cotidiano y familiar que, sin embargo, ya nos está dando mucha información sobre el tipo de mundo que vamos a encontrar aquí.

“In Time” es indudablemente deudor de “La Fuga de Logan” (1976), una película de cuyo remake se lleva hablando diez años. Ambos son films ambientados en futuros en los que la
gente tiene un periodo de vida artificialmente limitado y cuyo transcurso pueden medir, aquí con un marcador digital y en “La Fuga de Logan” con un cristal que cambia de color. La idea de que la inmortalidad es un privilegio que debe renovarse continuamente ya estaba presente en “Compradores de Tiempo” (1989), una novela de Joe Haldeman, si bien Andrew Niccol hace suyo el concepto y lo lleva a su terreno. En la historia se dan cita asimismo otros temas propios del subgénero distópico, como el del “bárbaro” que llega a Utopía y cuya rudeza fascina a los sofisticados pero estancados habitantes de ésta, un escenario que podemos encontrar, por ejemplo, en “Un Mundo Feliz” (1932) de Aldous Huxley o películas como “Zardoz” (1974), “Buck Rogers en el Siglo XXV” (1979) o “Demolition Man” (1993)

En un brillante primer acto, Niccol propone al espectador esta premisa de un futuro en el que el
tiempo es la moneda de cambio y luego construye a su alrededor un mundo fuertemente jerarquizado social y económicamente en el que los ricos viven durante siglos en una burbuja de privilegios y los más pobres se apiñan en barrios marginales sin la seguridad de llegar al día siguiente. El guionista-director no se queda ahí, sino que acusa a los ricos de diseñar deliberadamente un sistema socioeconómico del que periódicamente pueden “purgar” a los más pobres por el sencillo procedimiento de subir los precios. Como uno de los personajes explica:”No todo el mundo puede vivir para siempre. ¿Dónde los pondríamos?”

Naturalmente, esto es un nada sutil ataque al sistema capitalista o, al menos, al sistema capitalista vigente. Recordemos que a raíz de la brutal crisis económica desatada en 2008 tras el
pinchazo de la burbuja inmobiliaria estadounidense, se produjeron numerosos movimientos sociales que dirigían su indignación y furia contra aquellos pocos que habían conseguido amasar una parte sustancial de la riqueza nacional –y, en realidad, mundial-. Esta película puede inscribirse en este estado de ánimo social. De hecho, cuando Will y Sylvia deciden coger las riendas de su futuro y comienzan una campaña a lo Robin Hood para redistribuir la riqueza sustraída al pueblo, “In Time” bien podría entenderse como un manifiesto dirigido a las multitudes de indignados que ocuparon Wall Street.

En realidad, si se mira más de cerca, “In Time” no funciona demasiado bien como alegoría de la situación económica mundial. Para empezar, en ese futuro no hay desempleo porque quien
no trabaja, muere. Los costes laborales, en términos reales, están por los suelos. Y luego está la capacidad de borrar de la faz de la tierra a miles y miles de personas utilizando la inflación, de tal forma que comprar una simple taza de café puede acortar tu vida en cuatro minutos y un viaje en autobús en tres. Se supone que hay algún tipo de clase media –que viven en las zonas de tiempo que separan Dayton de New Greenwich- pero ni se la ve ni se hace referencia a ella, simplificando la situación a un conveniente “1% de la población contra el 99% restante”. Por tanto, no es que se nos presente un retrato fiel de la última crisis, caracterizada por el desempleo masivo, la deflación y el empobrecimiento de las clases medias, sino una proyección fabulada de un futuro en el que el capitalismo más extremo y desregulado ha ganado la partida.

Aunque no de forma global, sí que hay ciertos elementos de ese futuro que funcionan adecuadamente como alegorías del mundo real. Es el caso de la insegura y agotadora vida que
llevan aquellos que pasan casi todo su tiempo trabajando duramente sin que ello les reporte una recompensa sustancial ni la esperanza de un futuro mejor. O la manera en que el sistema económico puede marginalizar a sectores enteros de la población. O que la riqueza material no es sustituto para otras parcelas igualmente importantes de la vida y sin las cuales el individuo –o la sociedad- caen en la apatía y la desorientación. Son todos estos temas, no obstante, que el guión no acaba de desarrollar o comentar adecuadamente,

Además, todo ese mensaje social y político de la película se articula de una forma mucho menos sutil y desarrollada que en “Gattaca” o “El Señor de la Guerra”. Carece del realismo de la segunda o la plausibilidad de la primera, optando por una aproximación más violenta y afín al espíritu “blockbuster”. Es cierto que no hay que tomarse la premisa del tiempo como moneda de cambio como algo que pudiera llegar a suceder, sino como una excusa casi fantástica para hablar de economía; pero es que el desenlace de la situación en el último tercio del film carece de la elaboración que podría esperarse de Niccol. La brillantez del planteamiento inicial no da para cubrir los 147 minutos de metraje y el realizador opta por seguir el camino más trillado: convertir el tercer acto y desenlace en un thriller de acción al estilo Bonnie & Clyde, basado en la continua y desesperada huida de los protagonistas de un inflexible Raymond Leon. Técnicamente son secuencias bien ejecutadas y no aburren, pero el guión peca de tosquedad, previsibilidad y moralina en lo que se refiere a la resolución de la problemática que permea toda la narración. ¿Existieron quizá injerencias por parte del estudio para que Niccol se doblegase a los postulados más comerciales del cine de Hollywood?

La gran paradoja de “In Time” es similar a la que se produjo con “Avatar” (2009). Ambas cintas fueron producidas por la 20th Century Fox, una corporación propiedad de Rupert
Murdoch, que también dirige el Fox News Channel, brazo propagandístico del republicanismo americano ideológicamente más a la derecha. A pesar de ello, tanto Andrew Niccol como James Cameron consiguieron sacar adelante películas con mensaje claramente de izquierdas sin que Murdoch y su maquinaria mediática se dieran cuenta. Y lo hicieron recurriendo al mismo truco que la vieja serie televisiva de “Star Trek” (1966-69): disfrazando de ciencia ficción un sustrato social y económico claramente referido al presente. En el caso de Cameron, camufló su mensaje ecologista llevando la acción a un lejano planeta habitado por alienígenas azules, mientras que Niccol “oculta” su discurso marxista (que incluye la llamada a la revolución armada y la expropiación de la riqueza de los acaudalados para redistribuirla entre el pueblo) por el sencillo procedimiento de situar la historia en el futuro y sustituir el dinero por el tiempo.

Al final, “In Time” parecen dos películas opuestas fusionadas en una: la ácida e intelectual alegoría acerca de un sistema económico injusto y la más convencional cinta de acción y persecuciones protagonizada por actores jóvenes y guapos. Podría pensarse que aquel 2011 fuera el momento más adecuado para estrenar al menos una de esas películas, pero esperar que la mezcla de ambas diera como resultado un todo unificado y coherente resultó ser tan optimista como creer que ricos y pobres decidirían de pronto fundirse en un abrazo y trabajar juntos por el bien común.

Sin duda, la idea de una película en la que todo el mundo queda “congelado” en los 25 años, mereció la aprobación de los ejecutivos de Hollywood, que vieron así la oportunidad de llenar el reparto de caras jóvenes y bonitas (aunque algunos de los actores ya superaban la treintena).
Por ejemplo, Justin Timberlake, quien había ido labrándose un nombre como actor más allá de su éxito como estrella musical adolescente. Tras haber demostrado su vena dramática en películas como “Alpha Dog” (2006), “Black Snake Moan” (2006) o “La Red Social” (2010), aquí asume el papel protagonista, y si bien su héroe es algo unidimensional y escaso en matices, ello es más culpa de las limitaciones del guión que del actor. Timberlake ofrece un correcto trabajo interpretativo y se desenvuelve bien en las escenas de acción, corriendo, saltando y peleando de una forma creíble y muy física.

Amanda Seyfried tiene pocas oportunidades de brillar más allá de su aspecto de muñeca de
porcelana de lujo y su relación con el personaje de Timberlake es previsible y bastante plana. El que verdaderamente roba la pantalla es Cillian Murphy, quien vuelve a demostrar su carisma como el eficiente y frío policía que actúa de némesis del dúo protagonista. Toda la emoción y complejidad que le falta al personaje de Will Salas, sabe aprovecharlas Murphy para un personaje, el suyo, que sin duda funcionaba peor en el guión de lo que su gran trabajo puede dar a entender. Raymond Leon es un villano que no lo es tanto, un policía honrado que no trabaja como sicario del “malo” nominal (Philippe Weis) sino para un sistema injusto en el que cree aun cuando es consciente de los vicios que lo lastran. Es una lástima que la historia no entre en más detalle acerca del estatus de los guardianes del tiempo en esa sociedad distópica y su relación con la élite gobernante.

Como curiosidad podemos citar una anécdota que pareció “plegar” el tiempo de una forma que Harlan Ellison sin duda supo apreciar. El belicoso escritor, siguiendo su línea tradicional, presentó una demanda en septiembre de 2011 contra la productora, Regency Enterprises, acusándolos de haber plagiado su famosa historia corta “¡Arrepiéntete Arlequín! Dijo el señor Tick Tock” (1965), en la que también aparecía un futuro distópico dominado por las corporaciones y en la que la vida de todo el mundo estaba predeterminada. Ellison, que no
deja de tener la cara muy dura, cambió de opinión y retiró la demanda en cuanto el film se estrenó y empezó a recibir críticas poco favorables y registrar una recaudación igualmente insatisfactoria.

A priori y tratándose de Andrew Niccol, quizá pueda esperarse de “In Time” una historia con más enjundia, pero con todos sus defectos en cuanto al desenlace se refiere, “In Time” sigue siendo una película interesante, entretenida, con un buen ritmo, unos planteamientos dignos de reflexión y una factura visual impecable, que hay que abordar no como un film realista, sino como una fábula para adultos. Y, por último, es un bienvenido recordatorio de los tiempos en los que las películas de ciencia ficción servían como vehículos de diversión y crítica social más que como escaparates vacíos de efectos especiales, aventuras y acción.


4 comentarios:

  1. hola, yo no la vi porque la premisa me parecio mala, pero con tu detallado analisis puede atendible. es una lastima que en las producciones de hollywood muchas veces se contenten con llenar buenas ideas de menciones a otras peliculas o una invacion de fx y cgi, es que los adolescentes son los que mantienen la industria y no se puede correr el riesgo de dar cosas que no se entienden, razonan. sobre lo de que es raro que fox la produzca por su critica social, no lo veo asi, los simspsons son de fox, y ese sector privilegia el hacer dinero venga de donde venga, y solo pone critica social si es burlona o divertida, no si habla en serio, no creo que le den un programa a michael moore en fox. como a los hippies, si agarras la critica social y la transformas en entertainment se pierde su fuerza, todos criticamos pero de manera amable y divertida, y no es en serio, es solo diversion... el guionista parece interesante voy a ver que hizo ademas. saludos.

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  2. Como indico en el artículo, te recomiendo Gattaca y El Show de Truman en el caso de que no las hayas visto. El Señor de la Guerra, que no tiene nada que ver con la CF, es una película sobrecogedora.

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  3. hola,gatacca no la vi dicen que es muy buena, the truman show me gusto mucho, casi demasiado histrionico carrey pero el guion es muy bueno y la pelicula tambien, y el señor de la guerra no la vi por el tema, pero todos dicen que es muy buena, voy a ver de que se trata, saludos.

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  4. A vos no hay poronga que te venga bien, todas las peliculas tienen defectos, sos un pelotudo

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