miércoles, 1 de agosto de 2012

1927-METRÓPOLIS - Fritz Lang (1)




Fue en los años veinte cuando, fruto de la acumulación de experiencia por parte de los realizadores cinematográficos, las películas comenzaron ya a integrar la mayoría de los elementos que el público actual reconoce como parte fundamental de un film. En particular, contaban con una duración lo suficientemente larga como para desarrollar adecuadamente una historia. Así, la ciencia-ficción empezó a delimitarse con más claridad en la pantalla a través de historias como "Metrópolis", la primera película de CF de gran presupuesto, una fábula épica acerca de una sociedad futura desgarrada por la frustración de la clase trabajadora y las intrigas de los gobernantes.

Resulta curiosa la fama que acumuló la película si tenemos en cuenta que durante ochenta años, la versión que circuló fue muy incompleta. Poco después de estrenarse el 10 de enero de 1927 en el en el UFA Palast am Zoo de Berlín, la cinta fue recortada por la propia productora, la UFA, y luego por el distribuidor norteamericano, Paramount Pictures. Éste encargó al dramaturgo Channing Pollock la nueva edición para el mercado americano, misión que llevó a cabo de forma implacable, eliminando cincuenta minutos de las escenas menos espectaculares, básicamente aquellas que mostraban interacción entre personajes -lo que dio lugar a injustas críticas respecto a la habilidad narrativa del director Fritz Lang-.

Así, de las casi tres horas iniciales -incluido el interludio-, cuando se estrenó finalmente en Estados Unidos, el metraje de "Metrópolis" ya sólo duraba 90 minutos. Este fue el montaje que durante tantos años cautivó a generaciones de aficionados. Cuando la UFA entró en bancarrota y su fondo pasó a estar gestionado por la Paramount, ésta tomó la imperdonable decisión de destruir el negativo original de tres horas. No había marcha atrás. La película jamás podría volver a verse tal y como fue inicialmente concebida. ¿O si?

Los aficionados empezaron a darse cuenta de que las copias que se habían conservado en cada país
eran diferentes. Poco a poco, fueron recuperándose escenas de aquí y de allí y en 1984, el productor musical Giorgio Moroder restauró varios de aquellos celuloides durante tanto tiempo perdidos, les aplicó una gradación de colores suaves, intercaló fotos fijas y reemplazó la banda sonora original por un conjunto de perecederas canciones pop en su mayoría interpretadas por cantantes de segunda fila. Las opiniones sobre el resultado final oscilaron entre la indiferencia y juramentos de odio eterno a Moroder.

En los años posteriores fue apareciendo más metraje y en 2002 se reestrenó lo que se consideró la versión más completa posible. Aún seguían perdidos 25 minutos pero era lo mejor que se había podido conseguir. Sin embargo, la historia no terminó ahí. En 2008, se descubrió en Argentina una copia de 16 mm con el montaje original, aunque en muy mal estado. Y, de nuevo, los especialistas se pusieron manos a la obra para montar la versión definitiva. Ésta fue estrenada en Berlín a comienzos de 2010, 83 años después de su debut, demostrando a los nietos de los espectadores originales el por qué de tantos esfuerzos.

Nacido en Viena en 1890 en el seno de una familia de clase media, Fritz Lang estudio ingeniería, arte y pintura y afirmó haber viajado por Europa, África y Asia antes de enrolarse en el ejército austríaco al estallar la Primera Guerra Mundial. Mientras se recuperaba de las heridas recibidas por la explosión de un obús, comenzó a escribir guiones para películas. Dirigió 16 films en la Alemania de la República de Weimar, varios de ellos coescritos y novelizados por su esposa Thea von Harbou. Después de que el Partido Nazi (al que se afilió Thea) retirara "El Testamento del Dr.Mabuse" (1933), Lang emigró a Francia y luego a Estados Unidos, donde dirigió 23 films de todo género: thrillers, melodramas, westerns... En 1958 volvió a Alemania para retomar allí su carrera. Casi ciego, regresó a Norteamérica pero ya no volvió a ponerse tras las cámaras. Falleció en 1976.

A mediados de los años veinte, Fritz Lang se había hecho acreedor de los favores de las autoridades germanas gracias a su película "Los Nibelungos" (1923-24), un homenaje a la mitología teutona que desde hacía tiempo venía siendo reivindicada por los sectores más nacionalistas. Así, no tuvo problemas para que la UFA, un estudio cinematográfico gubernamental fundado como difusor de propaganda bélica durante la Primera Guerra Mundial, aceptara su nuevo proyecto, un ambicioso film ambientado en un futuro distópico y cuya historia, escrita por Thea Von Harbou, había aparecido publicada en forma de libro en 1926.

Entretanto, Lang formó parte de la expedición de la UFA a Nueva York con la misión de inaugurar su delegación americana y cerrar un acuerdo con Paramount y Metro Goldwyn-Mayer en virtud del cual éstas se comprometían a distribuir en Estados Unidos el catálogo de aquélla mientras que la UFA hacía lo propio con cuarenta cintas de los estudios de Hollywood. Incluido en el trato había un crédito de las compañías americanas a la UFA, crédito que permitiría financiar la nueva película de Fritz Lang. Éste, mientras tanto, no sólo obtuvo medios económicos de aquel viaje sino inspiración creativa.

En aquellos años, no había nada en el mundo que se asemejara a Nueva York. Hoy, el perfil de su
skyline ha dado la vuelta al globo y todos, en mayor o menor medida, estamos familiarizados con el mismo gracias al turismo, internet o las películas y series televisivas. Pero entonces, para un viajero procedente de Europa, acostumbrado a las monumentales y vetustas ciudades del viejo continente, cargadas de historia y en muchos casos aún pendientes de una profunda reconversión urbanística, se encontraba al llegar a Manhattan con un espectacular perfil de flamantes rascacielos a cuyos pies se desplegaba una vibrante actividad. Tal y como Lang contó al entrevistador Gretchen Berg de Cahiers du Cinéma en 1965, Metrópolis “nació de mi primera visión de los rascacielos de Nueva York en octubre de 1924, los edificios semejaban velas verticales, centellantes y muy ligeras, un escenario lujoso, suspendido del oscuro cielo para deslumbrar, distraer e hipnotizar. Por la noche, la ciudad no se limitaba a dar la impresión de vida: vivía como lo hacen las ilusiones”. Como H.G.Wells antes que él, Lang quedó impresionado con lo que vio. Para ellos, Nueva York era una visión clara del futuro. Pero, al mismo tiempo, tras el deslumbrante decorado ambos atisbaron el peligro de deshumanización y tiránico dominio de la tecnología. Aunque la historia de Thea von Harbou que serviría de base a "Metrópolis" ya había sido escrita meses antes de la visita de Lang a Nueva York, la estética visual que imprimiría a su película fue inspirada directamente por esa gran ciudad.

La propuesta de Fritz Lang, modelada en forma de una liosa historia -a su vez complicada por las muchas ediciones y remontajes- es la de un futuro en el que la tecnología reina suprema y un ejército de obreros esclavos vive en el subsuelo de la gran ciudad de Metrópolis dejándose la salud e incluso la vida para que las clases más acomodadas puedan disfrutar de todo tipo de placeres, ajenos al sufrimiento del que, en último término, son responsables. Con esa oscura realidad se topa Freder (Gustav Fröhlich), el hijo del gobernante supremo de Metrópolis, Fredersen (Alfred Abel).

Dedicado a las competiciones deportivas y las vacías sensualidades reservadas a los de su clase (resulta curioso que en el mundo "superior" de Metrópolis las mujeres sólo aparecen como instrumentos de placer al servicio de los hombres), Freder descubre, conmocionado, la horrible situación en la que viven y trabajan los obreros. En particular, se siente profundamente conmovido por la pureza de una de ellos, María (Brigitte Helm), una joven de serena belleza que consuela a sus compañeros y cuida de los niños de la comunidad. Freder apela a su padre para resolver tamaña injusticia, pero ante su indiferencia, decide ser él mismo quien se involucre.

Mientras tanto, Fredersen, en su paranoia, decide neutralizar la influencia de María, a quien toma por
una revolucionaria. Acude para ello a Rotwang (Rudolf Klein-Rogge), paradigma del científico loco, mezcla de hombre de ciencia y alquimista y antiguo competidor por el amor de una mujer, Hel, que acabó casándose con Fredersen antes de morir al dar a luz a Freder. Rotwang no ha olvidado nunca aquella vieja historia y aunque parece acceder a ayudar a Fredersen, en realidad planea vengarse. En su laboratorio ha creado un robot esclavo capaz de asumir forma humana. Secuestra a María y dota al robot de sus facciones antes de enviarlo no sólo a sembrar la discordia y la violencia entre los miembros de las clases privilegiadas, sino para agitar los ánimos de los obreros y empujarlos a la revolución. Al final, se restaura el orden y María y Freder reconcilian ambas partes en liza: capitalistas y obreros. Al borde del apocalipsis, el amor y la concordia triunfan.

Todos sabemos que la película figura en cualquier lista de cine clásico y de imprescindible visionado, pero ello no es gracias a su ingenua parábola de la lucha entre capital y trabajo. "Metrópolis" utiliza temas propios de la ciencia-ficción (como la distopia, el científico demente o el robot con apariencia humana) para contar una historia sobre nosotros mismos como especie, nuestros deseos, instintos y reacciones. Y aunque en este sentido resulta destacable, incluso brillante, el desarrollo de la narración sí deja bastante que desear. Es cierto que durante muchos años, la historia que todos pudimos ver era el resultado de una severa mutilación efectuada por el distribuidor norteamericano y que esa versión recortada resultaba todavía más incoherente que la original estrenada en Berlín. Pero incluso la "Metrópolis" recientemente restaurada con casi todo su metraje es esquemática, simplista e inconexa.

La máxima que abre y cierra la película (los gobernantes representan la "cabeza" y los obreros "la
mano" y es necesario que el corazón medie entre ambos) es una metáfora infantil y el final de la película trata de convencernos con una moral igualmente banal de que lo adecuado es que "la cabeza y la mano deben trabajar unidas y no luchar entre sí", afirmación que se revelaría especialmente torpe teniendo en cuenta los acontecimientos históricos que acechaban a la vuelta de la esquina en la propia Alemania. Fue por culpa de ese cliché poco afortunado que no fuera bien recibida en el momento de su estreno. H.G.Wells escribió una famosa y muy negativa crítica de la película en el New York Times: “Recientemente he visto la más estúpida de las películas. No creo que hubiera podido ser posible hacerla más idiota. No hay originalidad, ni pensamiento independiente… no creo que haya ni una nueva idea, ni un solo ejemplo de creación artística o anticipación inteligente… “. Semejante ataque era claramente exagerado, pero incluso Fritz Lang renegó de su creación cuando le contó en una entrevista a Peter Bogdanovich en 1965: “No me gustaba la película –pensaba que era tonta y estúpida-… ¿Debería decir ahora que me gusta “Metrópolis” sólo por ser una creación propia siendo que la detesto desde que la terminé?

(Continúa en la siguiente entrada)

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